Ella dijo que si

 Escribe aquí la frase de introducción o gancho del relato.

Teníamos cinco años casados cuando la crisis nos cayó encima como balde de agua fría. Yo tenía un negocio bien puesto en la ciudad, de esos de toda la vida, pero nunca me preparé para un golpe así. De repente no había ni un peso para surtir mercancía y los proveedores me apretaban para que les pagara lo viejo.

El único que nadaba en plata era Miguel, el distribuidor de la marca top, soltero, sin compromisos y con los bolsillos llenos. Fui a verlo con el rabo entre las patas. Lo peor que podía pasar era que me mandara al carajo… y mira tú lo lejos que estaba de imaginar lo que realmente iba a pasar.

Llegué a casa esa noche destruido. Lorena me abrió la puerta y, sin que yo dijera nada, sus ojos verdes se llenaron de preocupación:  

—Pareces que me acabas de perder, Jorge… ¿qué te pasa, amor? Ven, siéntate, estás pálido.

Lorena es una pelirroja preciosa, de piel tan blanca que parece porcelana, maestra de primaria en un colegio privado donde cuidan la reputación como oro. Siempre hemos sido el matrimonio “ejemplar”. Bueno… hasta ese día.

Total, le conté la propuesta de Miguel. Cuando terminé, Lorena se quedó mirándome con la boca entreabierta, los ojos encendidos de rabia.  

—¿Ese hijo de puta te dijo eso? ¿Que me entregue a él un fin de semana entero?  

—Amor, no hay otra salida…  

—¡Pues que se pudra! —gritó, y se echó a llorar contra mi pecho.

Esa noche ninguno pegó ojo. A la mañana siguiente, agotados, nos sentamos en la cocina con el café enfrente. Ella habló primero, con voz temblorosa pero decidida:  

—Está bien, Jorge… lo haré. Pero solo por ti y por nuestro hijo. Ese tipo me da asco, ¿me oyes? Asco.

—¿Y si te gusta tanto que no quieres volver conmigo?  

Ella me tomó la cara entre sus manos frías:  

—Tú eres mi hombre, siempre lo serás. Aunque tuviera la verga de oro, no lo quiero. Te amo a ti.

Acordamos todo: lugar discreto, yo cerca, ella decide hasta dónde, y Miguel me da el crédito completo.

Llegamos a la “cabaña” —una mansión de madera con olor a pino y chimenea encendida— como a las siete. Miguel ya tenía la mesa puesta: vino, velas, carne asada que olía delicioso. Lorena llegó tensa, pero él la ignoró y habló conmigo de números. Poco a poco el vino la relajó; al final reía con nosotros, sus mejillas encendidas, el pelo suelto cayéndole como fuego sobre los hombros.

De pronto Miguel dijo, con voz ronca:  

—Bueno… hora de dormir, ¿no, pelirroja?

Lorena se quedó helada un segundo, luego agarró su bolso y caminó hacia la recámara sin mirar atrás. Yo me fui a la mía, salí a fumar… y terminé escondido detrás de los arbustos, mirando por la ventana.

Todavía estaban vestidos. Lorena sentada en la cama, las piernas cruzadas, el gesto duro. Miguel se paró frente a ella, se bajó el pantalón y sacó su verga: gruesa, venosa, palpitante. Lorena abrió los ojos como platos, se mordió el labio inferior.  

—Acércate, preciosa… —susurró él.  

Ella, casi hipnotizada, se arrodilló. La tomó con las dos manos, la acarició como si fuera una obra de arte, luego abrió la boca y se la metió despacio. Yo empecé a pajearme mientras veía a mi mujer chupar otra verga. Gemía bajito, los ojos cerrados, la saliva brillando en sus labios.  

—Dios, qué boca tienes… —jadeó Miguel, agarrándole el pelo—. Trágatela toda, reina… así, hasta el fondo…

Lorena obedeció, se la metió hasta que le dieron arcadas, pero no paró; al contrario, parecía disfrutar más. Le chupó los huevos, los lamió, los metió enteros en la boca. De pronto Miguel se tensó, gruñó:  

—Me vengo… agghh… trágatelo todo, mi amor…

Y ella lo hizo. Se lo tragó todo, hasta la última gota caliente, lamió la punta como si quisiera más.

Se levantaron, se quitaron la ropa entre besos salvajes. Cuando quedó desnuda, con solo los tacones y la tanga beige, Miguel la miró como si fuera una diosa.  

—Eres perfecta… —murmuró, y le devoró los pechos, succionando los pezones rosados hasta hacerla gemir.

Lorena le quitó los calcetines, se miraron, se abrazaron, se besaron con lengua, desesperados. Él le bajó la tanga despacio, besando cada centímetro de piel que descubría. La tiró en la cama, le abrió las piernas y se hundió de boca en su concha.  

Lorena arqueó la espalda, soltó un grito ahogado:  

—¡Dios, Miguel… ahí… no pares…!

Él lamía, succionaba, metía la lengua hasta el fondo, le pellizcaba los pezones, le metía dedos. Lorena temblaba entera, las piernas abiertas al máximo, hasta que explotó en un orgasmo brutal, gritando su nombre, el cuerpo convulsionando.

Miguel se puso encima, la miró a los ojos:  

—¿Lista, reina?  

—Sí… métemela ya… te necesito dentro…

Se la metió despacio, centímetro a centímetro. Lorena gemía con cada avance, los ojos en blanco. Cuando entró toda, empezó a moverse, primero lento, luego fuerte, profundo.  

—Eres mía este fin de semana… —susurraba él al oído.  

—Y tú eres mío… cógeme duro… —respondía ella, arañándole la espalda.

Se vinieron juntos, él llenándole la concha de leche caliente, ella temblando debajo de él, gimiendo como nunca la había oído gemir conmigo.

Después se metieron a la ducha. Yo corrí a la otra ventana y escuché todo.

—¡Qué rico está el agua fría contigo! —rió ella.  

—Es que estás para comerte otra vez… date la vuelta, pelirroja…

Lorena se apoyó en la pared de la ducha, el agua cayendo por su espalda. Miguel la enjabonó, le masajeó las nalgas, le metió un dedo lubricado con jabón.  

—¿Me dejas tu culito, mi reina?  

—Todo tuyo… pero despacito…

Él la penetró despacio. Lorena soltaba pequeños gritos de dolor-placer:  

—Ay… duele… espera… ya… más… ¡sí, así!… ¡Qué rico, Miguel… más profundo!

"—Ay… duele… espera… ya… más… ¡sí, así!… ¡Qué rico, Miguel… más profundo!  Bb"

Párrafo final / desenlace...Los gemidos de ambos retumbaron en el baño, el agua cayendo, sus cuerpos chocando. Se vinieron juntos otra vez, él llenándole el culo, ella temblando de pies a cabeza.

Regresaron a la cama abrazados, riendo, besándose. Lorena se recostó sobre su pecho para apagar la luz, sus tetas rozando su piel, y se quedaron dormidos así.

A las cinco de la mañana los gemidos me despertaron otra vez. Estaban cogiendo de nuevo, esta vez a lo bestia: la cama golpeando la pared, Lorena gritando “¡más fuerte, papi, rómpeme!”.

Cuando por fin callaron, la puerta de mi cuarto se abrió. Era Lorena, solo con un suéter largo, descalza. Se lo quitó, quedó desnuda, oliendo a sexo y a jabón caro, y se metió en mi cama.

—Shhh… Miguel duerme como muerto —susurró, besándome el cuello—. Vine a recordarte que tú eres mi hombre de verdad.

Me agarró la verga durísima, sonrió, se montó y se la metió hasta el fondo. Estaba chorreando, caliente, resbalosa de los dos.  

—Te amo, Jorge… siempre serás el primero…

Se movió despacio, mirándome a los ojos, hasta que me vine dentro de ella, mezclando mi leche con la de Miguel. Me besó suave, se levantó y desapareció.

Me quedé dormido con una sonrisa idiota, sabiendo que, por una vez, mi mujer le había puesto los cuernos a su amante… conmigo.

Por: Dulcinea


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