Mi destino morboso
El sonido del placer que mi enemiga recibía me provocó un rico orgasmo
Me llamo Valentina Morelli y tengo 19 años. Hoy me vendieron como a un animal.
Entré en la oficina de Dante Rossi con el estómago hecho un nudo, pero la cabeza bien alta. Vengo de barrio, de una casa humilde donde mi padre apenas podía pagar la luz.
El olor a aceite de motor y a preocupación todavía lo llevo pegado en la piel. Y ahora estaba aquí, rodeada de lujo que me hacía sentir aún más pequeña.
Mi padre, con la voz temblorosa, me entregó como si fuera mercancía.
—Señor Rossi… aquí está mi hija, tal como acordamos. Por favor… cuide de ella —dijo, y se fue sin mirarme. Ni un abrazo. Nada.
En cuanto la puerta se cerró, sentí sus ojos sobre mí. Dante Rossi. Cuarenta años. Algo bajo, de cuerpo fuerte pero relajado, con una ligera barriga que hablaba de poder y excesos. No era guapo de revista, era algo más peligroso: imponía respeto solo con estar ahí. A su lado estaba ella. Isabella Conti. Me miró de arriba abajo con una sonrisa burlona que me hirvió la sangre.
Dante habló con voz grave y calmada:
—Valentina Morelli. Soy Dante Rossi. A partir de hoy, esta es tu vida. Yo soy tu dueño. No hay negociación. Obedeces o sufres las consecuencias. ¿Entendido?
Lo miré directo a los ojos, con todo el desprecio que pude juntar.
—Entendido que eres un hijo de puta que compra personas. Me das asco.
Isabella soltó una risita baja y venenosa.
—Qué boca más sucia digno de una chica de barrio. Vas a aprender modales muy rápido aquí.
La tensión entre nosotras fue instantánea. Sentí ganas de abofetearla. Ella representaba todo lo que yo no detestaba: vanidad, falso refinamiento, y claramente esa intención absurda de mostrame un claro pasado con él. Dante pareció divertirse con el intercambio.
—Isabella te mostrará tu habitación. Hay un ventanal enorme y si quieres puedes abrir las cortinas espero que no tengamos problemas.--- dijo con esa voz que me irritaba apenas la escuchaba.
Isabella me guiaba desde atrás por los pasillos en silencio. Sentía su mirada en mi espalda, evaluándome, midiéndome. La guerra ya había empezado.
Cuando por fin me dejó sola en la habitación, cerré las cortinas del ventanal con rabia, como si eso pudiera borrar la existencia de Dante Rossi de mi vida. Me senté en la cama enorme y lujosa, pero me sentía atrapada. Recordé mi casa humilde, mis sueños de estudiar diseño, las noches en las que mi padre llegaba borracho por las deudas. Y ahora esto.
Pasaron las horas. Intenté dormir más no podía, pero cerca de la medianoche justamente cuando empezaba a conciliar el sueño empezaron los ruidos.
Primero eran unos murmullos muy casi inaufibles, pero en cuestión de unos pocos minutos se convirtieron en Gemidos muy bajos, luego con el paso de los minutos ya eran gemidos. Altos. Descarados. La voz de Isabella atravesando la pared como un cuchillo:
—¡Dante! ¡Sí! ¡Más fuerte!
Me quedé congelada. El sonido de la cama golpeando, carne contra carne, los jadeos cada vez más intensos. Intenté taparme los oídos, pero era inútil. Cada embestida retumbaba en mi pecho. Imaginé a Dante moviéndose encima de ella, sus manos grandes sujetándola, su cuerpo relajado pero poderoso dominándola.
Entonces escuché claramente sus palabras, dichas entre gruñidos de placer:
—Esto se acabó, Isabella. Mi nueva esposa está escuchando todo desde el cuarto de al lado… y ella va a ocupar tu lugar. Tú seguirás siendo solo mi secretaria y mi amante pero mi mujer será ella ¿Entendido?
Escuché como Isabella se corrió con un grito largo y exagerado, como si el desprecio la excitara aún más.
—gime como puta y alza más el culo — ordenaba él
" —asi está bien o más culo mi rey, — chillaba ella"
Yo sentía la cara ardiendo. Humillación pura. Rabia. Y algo peor: un calor húmedo entre mis piernas que me avergonzaba profundamente.
«No… no puede ser.»
Apreté los muslos, pero mi cuerpo me traicionaba. Con la respiración agitada y lágrimas de furia en los ojos, deslicé una mano dentro de mis bragas. Estaba empapada. Mis dedos encontraron mi clítoris hinchado y comenzaron a moverse.
—¿Vas a querer leche putita? — preguntaba el mientras bufaba
—siiiiiiiii quiero tu leche mucha leche caliente mmmmmm aaaaahhhhhhhhhhhh— gemia y gritaba ella
Cada gemido de Isabella era como un latigazo de placer prohibido. Imaginaba a Dante follándola con fuerza, imaginaba su voz grave, su olor, su poder.
«Te odio… te odio tanto…», pensaba mientras mis dedos se movían más rápido, casi con rabia. El placer subía, intenso, vergonzoso. Mordí la almohada con fuerza cuando el orgasmo me golpeó como una ola, haciendo que mi cuerpo se arqueara y temblara sin control. Fue el orgasmo más fuerte que había tenido en mi vida, y lo odiaba porque venía de él.
Cuando todo quedó en silencio al otro lado, me quedé mirando el techo con el corazón desbocado y la entrepierna palpitando.
«¿Qué me está pasando? ¿Por qué mi cuerpo reacciona así a un monstruo como él?»
Las cortinas del ventanal seguían cerradas. Pero yo ya sabía que esa barrera no iba a protegerme de nada.
Este es un fragmento del libro: " EL CARTEL DEL PLACER"
Por: Abigail
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