Mi amiga y su esposo
Disfrutaba escuchar sus gemidos, eran deliciosos y me imaginaba a Sergio montando a Jamilet.
Me llamo Jesica. Soy diseñadora gráfica, tengo 20 años y siempre me han dicho que soy la “chica tranquila” del equipo. Piel blanca, cabello castaño claro, ojos negros, cuerpo delicado. No soy de las que llaman la atención a gritos, pero sé que hay algo en mi forma tranquila y atenta que atrae a ciertas personas. Esa noche del evento anual de la agencia, llevaba un vestido azul oscuro elegante, nada provocativo, pero que se ajustaba suavemente a mi figura.
Jamilet y yo fuimos un equipo espectacular. Ella con su calidez y yo con mis propuestas precisas. Presentamos, respondimos preguntas y recibimos felicitaciones. Mientras celebrábamos discretamente con algunos tragos, no podía dejar de mirarla. Varios años de amistad y todavía sentía esa electricidad cada vez que se reía o me tocaba el brazo.
Entonces llegó él.
Sergio. Alto, fuerte, con esa presencia masculina que contrastaba perfectamente con nosotras. Jamilet lo besó con deseo delante de todos y luego me lo presentó:
—Jesica, él es Sergio, mi esposo.
Cuando me dio la mano, sentí un calor extraño. Su mirada era intensa pero respetuosa. Hablamos unos minutos y la conversación fluyó con una naturalidad sorprendente. Había química. Entre los tres. No era solo imaginación mía.
Al final, terminamos los tres en mi departamento. Abrimos vino. Dos botellas. El ambiente se calentó poco a poco. Yo hablaba menos, observaba más. Notaba cómo Jamilet miraba a Sergio, cómo él la tocaba disimuladamente. Y cómo, de vez en cuando, ambos me miraban a mí.
Después de un rato, Jamilet tomó a Sergio de la mano y se lo llevó al cuarto de invitados. Dejaron la puerta entreabierta. No sé si fue a propósito.
Me quedé sola en la sala, con el corazón latiéndome fuerte. Intenté distraerme con el teléfono, no pude, entonces me fui a mi habitación, pero entonces empezaron los gemidos.
Primero suaves. Luego más intensos.
—Fóllame… ¡rómpeme el coño! —escuché gritar a Jamilet.
Me sonrojé violentamente, pero no me moví. Sentía calor entre las piernas. Me estire en mi cama, apretando los muslos.
Los sonidos subían de volumen: la cama golpeando contra la pared, los gruñidos de Sergio, los gemidos cada vez más altos de Jamilet.
Y entonces escuché algo que me dejó congelada.
—Imagínate que Jesica estuviera aquí… viéndonos… viéndome como tu puta.
Era la voz de Jamilet. Mi nombre. En medio de su placer.
Me mordí el labio. Mi mano bajó lentamente por mi vestido hasta llegar entre mis piernas. Estaba empapada. Empecé a tocarme por encima de la ropa mientras escuchaba.
—Quiero que Jesica nos mire… quiero que vea cómo me follas… cómo me dominas… —gritaba Jamilet.
Mis dedos se movieron más rápido. Me quité las bragas discretamente y abrí mis piernas . Escuchaba cada embestida, cada nalgada, cada palabra sucia.
Luego vino lo más fuerte:
—Jesica… ¡Quiero que Jesica nos esté escuchando! Quiero que se toque mientras me das por el culo… ¡Dile que soy tuya!
:
"Gemí bajito, casi sin poder contenerme. Me metí dos dedos mientras escuchaba cómo Sergio la sodomizaba. Los gritos de Jamilet eran salvajes, llenos de placer:
—¡Fóllame el culo más fuerte! ¡Soy tu puta y quiero que Jesica lo sepa! ¡Quiero que me vea corriéndome!
Me corrí por primera vez con los dedos hundidos, mordiendo mi propia mano para no hacer ruido. Pero no paré. Seguí tocándome, imaginando la escena: Jamilet en cuatro, Sergio follándola por atrás, ambos mencionándome, deseándome.
—Jesica… —volvió a gemir Jamilet en medio de su orgasmo.
Me corrí por segunda vez, más fuerte, con todo el cuerpo temblando. Mis piernas se cerraron alrededor de mi mano mientras olas de placer me recorrían. Me quedé ahí, jadeando, con el vestido subido y el corazón desbocado.
Escuché cómo terminaban. Sus risas bajas, sus respiraciones calmándose. Yo me arreglé rápidamente, todavía con las mejillas ardiendo y el coño palpitando, me quedé acostada simulando estar dormida, al rato sentí los pasos de Sergio que iba y volvía del baño, supongo que me vio con mi vestido apenas cubriendo mis nalgas, estuvo un par de segundos viéndome luego volví a escuchar sus pasos rumbo al cuarto de invitados.
Esa noche no dormí casi nada. Mi mente no paraba de analizarlo todo: esa sensación de atracción que sentía por Jamilet desde hacía años, la atracción nueva y potente hacia Sergio, y sobre todo… la excitación abrumadora de haber sido incluida en sus juegos sucios aunque ellos no supieran que yo estaba escuchando.
Por primera vez en mucho tiempo, sentí que algo nuevo y peligroso estaba a punto de empezar. Y yo, la tímida y delicada Jesica, estaba completamente dispuesta a dejarme llevar.
Este es un fragmento del libro "Crónica de un poliamor anunciado"
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