EL PLOMERO
Me apretó la cintura en la discoteca... y también las nalgas.
Todavía recuerdo cuando Sergio entró por primera vez a la agencia. Yo estaba frente a mi computadora, con el cabello recogido de cualquier manera y una blusa blanca que ya tenía una mancha de café. No soy de esas mujeres tienen curvas exóticas ni facciones explosivamente bellas. Soy… normal.
Pero una normal bonita. Tengo curvas suaves, caderas anchas, pechos medianos que se mueven firmes cuando camino, y una sonrisa que la gente dice que ilumina. Mi mayor atractivo siempre ha sido cómo me relaciono con las demás personas: soy cálida, escucho, y sé hacer que los demás se sientan cómodos.
Cuando Sergio se presentó, con sus brazos fuertes marcados por el trabajo de construcción y esa voz grave y segura, sentí un cosquilleo inmediato en el estómago. No era solo guapo. Transmitía fuerza, estabilidad y algo más… algo animal que me ponía nerviosa.
Los tres días que estuvo trabajando ahí fueron una tortura deliciosa. Pasaba cerca de él con cualquier excusa, le llevaba agua, le preguntaba cosas tontas. Me encantaba cómo olía: a hombre, a esfuerzo, a esfuerzo y un toque de colonia barata. Cada vez que me miraba, sentía que me desnudaba con los ojos.
El viernes, cuando me invitó a salir, el corazón me latió tan fuerte que pensé que se notaría.
Acepté.
Llegamos a la discoteca con mis piernas temblando de emoción y nervios. Llevaba un vestido negro sencillo que se ajustaba a mi cuerpo sin ser vulgar. Desde el primer momento que nos vimos sus ojos bajaron por mis piernas y subieron lentamente y así fue toda la noche . Me gustó sentirme deseada.
Bailamos. El alcohol empezó a hacer su magia. El tequila me calentaba la sangre y me soltaba la lengua. Cuando me pegó a su cuerpo en la pista, sentí su erección contra mi vientre. Estaba duro por mí. Eso me humedeció al instante.
Me besó con hambre, metiendo su lengua en mi boca como si ya me estuviera follando. Mis bragas se empaparon. En ese momento pensé algo que nunca le había confesado a nadie: fantaseé que no éramos solo nosotros dos. Imaginé que todos nos miraban… y por primera me gustó esa sensación.
Imaginaba que alguna mujer me veía con envidia y me fascinaba, que me vieran besarme con este hombre tan madiro, excitándose con la escena. La idea me puso mucho más cachonda de lo que esperaba.
—¿Quieres venir a mi casa? —me preguntó con voz ronca.
—Sí —respondí sin dudar—. La verdad si me gustaría y mucho.
En cuanto cerró la puerta de su departamento me empujó contra la pared. Su boca era exigente, sus manos grandes apretaban mi culo con fuerza, levantándome el vestido. Sentí sus dedos colándose entre mis nalgas por encima de la tela de las bragas. Gemí.
—Llevo días queriendo probarte —gruñó contra mi cuello.
Me cargó como si no pesara nada y me tiró sobre su cama. Me quitó las bragas con un movimiento brusco y abrió mis piernas. Cuando sentí su aliento caliente sobre mi coño mojado, me estremecí.
—Estás empapada… —dijo con satisfacción.
Y entonces su lengua me tocó.
Fue como una descarga eléctrica. Lamió lento, saboreándome, metiendo la lengua entre mis pliegues y succionando mi clítoris hinchado. Metió dos dedos gruesos y los curvó justo donde necesitaba. Yo agarraba las sábanas, movía las caderas contra su cara sin ningún tipo de vergüenza.
—¡Sergio…! Sigue así… por favor… no pares…
Me corrí fuerte, inundándole la boca, con todo el cuerpo convulsionando. Todavía estaba temblando cuando lo vi desnudarse. Su polla era gruesa, venosa y completamente dura. Se veía deliciosa.
Me arrodillé sin que me lo pidiera.
—Quiero chupártela —susurré.
La tomé con las dos manos y la lamí desde abajo hasta arriba, disfrutando su sabor salado y masculino. La metí en mi boca todo lo que pude, sintiendo cómo palpitaba contra mi lengua. Él me agarró del cabello y empezó a follarme la boca con movimientos controlados pero firmes.
—Qué boca tan puta tienes… trágatela más, Jamilet.
Sus palabras sucias me encendieron todavía más. Me tocaba el clítoris mientras él me usaba la boca. En mi cabeza volvía la fantasía: está vez era mi amiga Jessica mirándonos. Viéndome arrodillada, con la polla de mi hombre entrando y saliendo de mi garganta. La idea me hizo gemir alrededor de su verga.
Me levantó, me puso en la cama y me penetró de un empujón profundo. Grité de placer. Estaba tan llena, tan estirada… Empezó a follarme con fuerza, dominándome completamente.
—Este coño ya es mío —gruñó, sujetándome las muñecas por encima de la cabeza—. Dilo.
"—Es tuyo… ¡ay, Dios! Fóllame más duro… soy tu puta, Sergio--"
Me dio la vuelta, me puso en cuatro y me dio nalgadas fuertes mientras me penetraba desde atrás. Cada embestida me hacía gritar. Sentía sus huevos golpeando contra mi clítoris, su sudor cayendo sobre mi espalda, su mano jalándome el cabello.
—Quiero que me vean follándote así…
---Imagina que una mujer nos mire y que vea el placer de puta en mi rostro…—dije sin poder contener mi lujuria—
Él soltó un gruñido animal y me folló más salvaje, como si mis palabras lo hubieran desatado. Me corrí por segunda vez, contrayéndome alrededor de su polla tan fuerte que casi lo arrastro conmigo. Él se salió y se corrió sobre mi espalda y mi culo, chorros calientes y espesos que me marcaron.
Caímos juntos sobre la cama. Yo tenía la respiración agitada, el cuerpo sensible y la mente dando vueltas. Me acurruqué contra su pecho y le dije bajito:
—Nunca me habían hecho sentir tanto… Quiero repetirlo, muchas veces — le dije al oido.
En mi cabeza, esa fantasía seguía ahí: Jesica observándonos, tocándose. No sabía entonces que esa idea iba a crecer tanto con el tiempo.
Esa noche me entregué completamente a Sergio. Y aunque él no lo sabía todavía, también le estaba abriendo la puerta a algo mucho más grande. Algo que aumentaba esa fantasía de ser observada por otra mujer.
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