Una recepcionista "bien" portada

Ella es tímida, supuestamente...





Todo empezó un martes cualquiera, de esos en los que uno solo quiere terminar el trabajo y largarse a casa. Me habían llamado para hacer unas reparaciones en una agencia de publicidad: goteras en el techo de la sala de reuniones y unos tabiques que necesitaban reforzar. Entré con mi caja de herramientas, el casco en la mano y la camisa ya sudada por el calor de la mañana.

Y ahí estaba ella.

Jamilet estaba de pie junto a su escritorio, organizando unos diseños en la pantalla. 

A primera vista no llamó mi atención, sin embargo cuando alzó la vista sus labios finos y ese tono de voz me provocó una sensación de tranquilidad y confianza.


 No llevaba maquillaje exagerado ni ropa que gritara “mírame”. Jeans sencillos, una blusa blanca suelta, el cabello recogido en una coleta alta y esa sonrisa natural que parecía iluminar el espacio. 

Me gustó al instante su frescura. Se veía… limpia. Auténtica. Como si acabara de salir de la ducha aunque ya fueran las once de la mañana.


—Buenos días —le dije—. Soy Sergio, vengo por las reparaciones.


Ella levantó la vista y me sonrió con esa calidez que después descubriría que era su mayor arma.


—Ah, por fin. Ya pensábamos que nos íbamos a ahogar aquí. Soy Jamilet, mucho gusto.


Desde ese primer momento hubo algo. No fue un flechazo dramático, fue más bien una empatía tranquila. Mientras trabajaba, ella pasaba cerca, me preguntaba si necesitaba agua, café, o si quería que movieran algún mueble. 

Hablábamos de tonterías: el tráfico, lo caro que estaba todo, lo estresante que era su trabajo con clientes exigentes. Me di cuenta de que tenía un encanto especial. Quizás no competía para mis universo, pero era imposible no querer estar cerca de ella.


Terminé el trabajo tres días después. El último día le propuse ir a una disco, yo se que ella  apenas tenía 20 años y yo  31  pero valía la pena intentar


—Oye, Jamilet… ¿te gustaría ir a tomar algo este viernes? Conozco una discoteca que no está tan saturada, ponen buena música y sirven unas bebidas  fuera de serie.


Ella se mordió el labio inferior, pensando, y luego sonrió.


—Está bien. Pero solo si prometes no hablar de goteras en toda la noche.


Reí. Y así empezó todo.


El viernes llegué a buscarla a su departamento. Cuando bajó, se veía sencilla y hermosa: vestido negro por encima de la rodilla, sandalias y el cabello suelto. Olía a vainilla y algo fresco. Me gustó que no intentara ser otra cosa.


En la discoteca la noche fluyó fácil. Pedimos tequila para ella y un whisky para mí. Bailamos. Primero separados, riéndonos de mis movimientos algo rígidos por el trabajo físico mientras ella movía sus caderas con maestría mientras su vestido se agitaba. Luego más cerca. Sentí sus caderas moverse contra mí y su olor subiéndome por la nariz. El alcohol empezó a hacer su trabajo.


En un momento, pegado a su oído, le susurré:


—Me encanta cómo te ves cuando te ríes. Despiertas muchas cosas de mi jajaja.


Ella giró la cara y nuestras narices casi se tocaron.


—Y a mí me gusta cómo me miras… como si quisieras comerme .- Y sonrió coquetamente 


La besé ahí mismo, en medio de la pista. Un beso lento, húmedo, con sabor a tequila y ganas acumuladas. Sus manos se aferraron a mi cuello y sentí cómo su cuerpo se derretía contra el mío.


— Claro que quiero comerte — y la apreté más hacia mi, cuando sintió mi fuerza lanzó un gemido tan rico que hasta mi verga lo sintió.


Salimos de la discoteca pasadas las dos de la mañana, bastante prendidos. En el coche no paramos de tocarnos. Mi mano recorría su muslo mientras conducía. Ella me acariciaba la nuca.


—¿Vamos  a mi casa? —le dije con la voz ronca.


—Bueno… —respondió casi sin aliento—. Me gustaría conocer dónde vives.


Apenas cerramos la puerta de mi departamento, la empujé suavemente contra la pared. Nos besamos con desesperación. Mi lengua exploraba su boca mientras una de mis manos bajaban por su cintura, apretando su culo redondo y firme.


—Joder, Jamilet… llevo días pensando en tí —gruñí.


Ella gimió contra mis labios y me mordió suavemente 


—Entonces aprovéchate que ya estoy contigo…— me dijo


La levanté en brazos (no fue difícil, soy fuerte por mil trabajo) y la llevé hasta mi habitación. Le serví un trago del que tengo en mi mini bar, a punta de besos la acosté y le tocaba su conchita sobre la ropa y sentía su vientre arder, en un segundo subí su  vestido, tenía sus mejillas sonrojadas, los ojos brillantes de deseo. Me encantaba esa versión de ella, fresca, desinhibida y lo mejor con sus piernas abiertas para mí.


Me arrodillé entre sus piernas, tenía su vestido hasta la cintura y le bajé las bragas negras de un tirón. Estaba empapada. Pasé dos dedos por su coño caliente y ella se arqueó.


—Mírate… ya estás toda mojada para mí, pareces una putita ¿Verdad?—dije con voz grave.


—Si Sergio eso mismo soy, continua… —suplicó.


— ¿Qué ere mi amor? Pregunte mientras lengueteaba su coño que chorreaba sus jugos sabrosos que resbalaban por mi quijada 


—Una putita— logró susurrar mientras empezaba a gemir arqueando su cuerpo y apretando mi cabeza contra su vientre.


Su sabor era dulce y adictivo. Lamí su clítoris con lentitud primero, luego más rápido, metiendo dos dedos dentro de ella. Jamilet no soltaba mi cabeza y gemía sin control.


—¡Ay, Dios! Así… no pares… me vas a hacer venir…


Succioné más fuerte, curvando los dedos hacia adentro buscando ese punto que la volvía loca. Sus piernas temblaron y de pronto se corrió en mi boca, gritando mi nombre, inundándome con su placer.


Me incorporé, me quité la camisa y los pantalones. Mi verga estaba dura como piedra. Jamilet se incorporó, todavía jadeando, y me miró con ojos lujuriosos.


—Quiero chupártela —dijo sin vergüenza.


Se arrodilló frente a mí y la tomó con las dos manos. Primero lamió toda la longitud de mi verga, luego se metió la cabeza en la boca, succionando con ganas. Verla así, con los labios estirados alrededor de mi polla, me volvía loco.


—Qué boca tan caliente tienes, carajo… trágatela más profundo zorra— le decía .


Note que cada vez que le decía zorra o puta ella ponía más ímpetu en mamar.


Ella obedeció, bajando hasta donde podía, con arcadas suaves que solo la ponía más cachonda. La agarré del cabello y empecé a follarle la boca con movimientos controlados.


—Buena chica… así, mírame mientras me la chupas.


Cuando ya no aguanté más, la tiré de nuevo en la cama, le abrí las piernas y la penetré de un solo empujón. Estaba tan mojada que entré hasta el fondo.


—¡Ahhhhhhhhhh! —gritó ella.


—Joder, qué apretada estás puta… —gruñí mientras empezaba a embestirla con fuerza—. Este coño ya es mío, ¿verdad?


—Sí… es tuyo… fóllame más duro, Sergio. Quiero sentirte en el fondo.


La tomé de las muñecas y las puse por encima de su cabeza mientras la penetraba profundo y rápido. Cada embestida hacía que sus tetas rebotaran. Le mordí el cuello, le chupé los pezones y le susurraba al oído lo puta que era y ella entre gemidos lo confirmaba.


—Te voy a follar en  todos lados… en tu trabajo, en mi camioneta, donde se me dé la gana. Vas a ser mi putita personal, ¿entiendes?


"Sí… soy tu putita —gemía ella, completamente entregada—. Hazme lo que quieras… soy tuya, tu puta aaahhhhhhhhhh."


Le di vuelta, la puse en cuatro y la penetré desde atrás, le agarraba de la cintura , a veces le daba nalgadas fuertes que le dejaban marcas rojas. Ella empujaba hacia atrás, pidiendo más verga.


—Más fuerte… rómpeme… ¡por favor! Rompe a esta puta , a esta perr. Ohhhhhhhmmmmmmmmmm.


La agarré del cabello y tiré hacia atrás mientras la follaba salvajemente. Sentí cómo se contraía alrededor de mi verga y se corrió por segunda vez, gritando. Eso me llevó al límite. Saqué mi verga y me corrí sobre su espalda y su culo, gruñendo como animal.


Caímos exhaustos sobre la cama. Ella se acurrucó contra mi pecho, todavía temblando, todavía mojada.


—Nunca me habían follado así… —susurró.


—Y esto apenas empieza, Jamilet. Me gustó cogerte y quiero cojerte siempre– ella solo se giro y me dió la espalda mientras sacaba culo.


Esa noche no dormimos mucho. Hablamos, nos besamos, nos tocamos. Descubrí que detrás de esa mujer fresca y de sonrisa fácil había una sumisa natural que disfrutaba entregarse. Y yo… yo descubrí que quería dominarla, cuidarla y volverla loca de placer por el resto de mi vida.


Así fue como Jamilet se convirtió en mi esposa. Pero esa es solo la primera parte de nuestra historia.


[Fin del Relato]



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